La reciente gira de la cinta
por la Región de Atacama y Tarapacá no fue solo un circuito de exhibición, sino
el cumplimiento de un compromiso que el equipo sentía desde el rodaje.
Francisco Melo, actor y productor ejecutivo de la cinta, lo define como la
necesidad de saldar una deuda con el entorno y sus habitantes.
“El hecho de proyectar
la película en Copiapó me dio la sensación de devolverles la mano, de
agradecerles por habernos prestado ese paisaje del cual son dueños”.
La travesía fue una epopeya
logística que abarcó más de 2.500 kilómetros por tierra, conectando
localidades como Copiapó, Caldera, María Elena e Iquique.
Lejos de la comodidad de las
salas comerciales, la productora de la gira, Daniela Raviola, lideró una
operación a la antigua, transportando la película en un disco duro físico y
montando funciones en teatros, centros culturales y anfiteatros improvisados.
“El desierto es implacable, no
puedes controlarlo”, explica Daniela al recordar los desafíos de la ruta, desde
fuertes vientos en San Pedro de Atacama que obligaron a cambiar la pantalla
inflable por una LED a último minuto, hasta tramos de oscuridad absoluta en
carretera con el combustible al límite.
Sin embargo, la hostilidad del
clima contrastó con la calidez de las salas. El público local no solo se
emocionó con la historia, sino que identificó su propia tierra.
“Para un santiaguino el norte
se ve todo igual, pero la gente allá distinguía las particularidades del
territorio, y agradecían que la película retratara bien esa mutación del
paisaje”, señala Daniela.
Tras cada función, la dinámica
habitual de preguntas y respuestas se transformó en un espacio para compartir
experiencias.
“El público rememoraba a sus
padres, sus vivencias personales, lo crudo y lo bello de ser minero. Fue muy
bonito ver que una película sea capaz de provocar esa necesidad de contar
vivencias personales en público; la gente agradecía verse valorada, que lo que
veían en pantalla fuera real y no una caricatura”, ”, relata Pancho Melo.
El símbolo de esta comunión
fue la presencia de Aníbal Vásquez, minero y miembro del elenco cuya
experiencia fue fundamental para el rodaje, quien asistió a la función en
Copiapó.
“Fue una experiencia
única. Yo soy minero, entonces transformarse en actor de Oro Amargo es difícil
para uno, pero fue muy satisfactorio. Es algo que no se puede explicar. Algo
hermoso”, comenta sobre la película.
Su participación provocó una
ovación cerrada que validó el esfuerzo de la producción.
Al final, recorrer el desierto cargando equipos y enfrentando la incertidumbre de la ruta tiene un propósito claro: descentralizar el cine chileno y, en este caso, devolverlo a su origen.
Para Daniela, el éxito de la
gira no se mide solo en tickets cortados, sino en el impacto humano de llegar a
rincones donde la oferta cultural es escasa.
“Poder hacer que diez personas en un pueblo en medio del desierto vean la película y se emocionen, hace que todo valga la pena. Es en generar esa instancia donde el cine deja de ser nuestro y pasa a ser, finalmente, de ellos”.

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