La joven tiene 13 años y es
integrante del Coro de Niños y Niñas FOJI. Con las sólidas carreras de sus
padres y pareciera que su futuro ya está escrito, pero ella está construyendo
su propio camino a través de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles
de Chile.
En la casa de Violeta Araya la
música no es un evento: es una presencia constante. Se escucha en la ducha, en
la cocina y en los pasillos. Hay vocalizaciones antes del desayuno, fragmentos
de ópera mientras alguien prepara café y conversaciones donde se comentan
notas, matices y respiraciones como parte del lenguaje cotidiano.
No es casualidad. Su padre,
Gonzalo Araya, es tenor con más de 15 años de trayectoria profesional en la
Ópera Nacional de Chile y en escenarios internacionales. Su madre, Carolina
Grammelstorff, es soprano formada en la Universidad de Chile y en la Escuela
Superior de Música Reina Sofía de Madrid, con una sólida carrera como solista e
integrante de destacados conjuntos vocales.
Con 13 años, Violeta integra
el Coro de Niños y Niñas FOJI de la Fundación de Orquestas Juveniles e
Infantiles de Chile (FOJI). Creció entre ensayos, funciones y partituras. Sin
embargo, su recorrido artístico no es una réplica del de sus padres, sino la
exploración y afirmación de una identidad propia. “Crecer con música ha
sido un privilegio súper grande”, confesó.
Desde pequeña los vio subir a
escena, prepararse antes de cada presentación y cuidar la voz con disciplina
profesional. También fue testigo de sus aplausos y ovaciones. “Me siento
muy orgullosa de ellos. Me encanta verlos haciendo arte”, agregó.
En el hogar existe un
intercambio permanente. Acompaña a su madre al piano durante los ejercicios
técnicos y corrige afinaciones gracias a su oído absoluto. Del mismo modo,
recibe orientaciones y comparte observaciones. “Yo a veces le pregunto
cómo se escucha esto, y ella me dice si está un poquito alto o bajo”, comenta
Gonzalo, quien aseguró que funcionan como un verdadero equipo.
El descubrimiento
del Coro de Niños y Niñas FOJI
Aunque el canto siempre estuvo
presente, su formación comenzó con el violín, instrumento que estudió durante
seis años. Antes practicó ballet y gimnasia artística. Sus padres optaron por
ofrecer distintas experiencias, sin imponer un único camino.
Su llegada al elenco coral se
produjo hace aproximadamente tres años, tras una audición masiva cuando el
proyecto recién se estaba conformando. “Me acuerdo que entramos varios
niños a una sala, hicimos vocalizaciones y después salió la lista. Cuando supe
que había quedado, estuve súper feliz”, relató.
Desde entonces, el conjunto se
convirtió en un espacio propio: no el escenario familiar ni la sala de ensayo
de casa, sino un lugar donde puede construir su identidad junto a otros. “Lo
que más me gusta es que podemos cantar todos juntos, ir variando las voces. Es
un trabajo en equipo”, explicó.
Allí radica una diferencia
importante. En su entorno cotidiano escucha repertorio lírico y exigencias
solistas; en FOJI, en cambio, experimenta el canto coral de voces blancas, el
sonido colectivo y la energía compartida. “En mi casa es más lírico, otro
tipo de música. Aquí es distinto, más coral”, señaló.
Entre los recuerdos más
significativos junto a la Fundación destaca la producción sinfónico-coral del
estreno nacional de la Octava Sinfonía de Mahler en el Teatro Caupolicán. “Fue
un antes y un después. Para los niños fue maravilloso”, comentó su padre. Para
la joven, presentarse ante el público junto a sus compañeros tiene un sentido
especial.
“Es una experiencia muy buena.
Sirve para quitarse el miedo y mostrar tu canto. Es divertido y te hace ganar
experiencia para más adelante”. De este modo, las tablas dejan de ser
territorio exclusivo de sus referentes y pasan a convertirse en un espacio
conquistado con constancia y disciplina.
FOJI como puente
Gonzalo observa el proceso de
su hija con emoción y reflexiona. Él mismo inició su camino profesional en
Medicina Veterinaria antes de dedicarse plenamente al arte vocal. “Yo
siempre me debí dedicar a la música. Me forcé a tener una carrera tradicional.
Después la vida me llevó de vuelta al canto”, reconoció.
Por eso, al referirse a FOJI,
amplía la mirada más allá de lo personal. “En un país como Chile, donde el
arte y la cultura son difíciles, que existan fundaciones así es maravilloso. La
música en el cerebro de un niño es un paso fundamental en su desarrollo”,
sostuvo. A su juicio, estas iniciativas no solo forman intérpretes, sino
también personas con horizontes más amplios. “Es como si les pusieran una
lamparita y les dijeran: mira, por aquí hay un camino”, añadió.
Violeta lo resume desde su
experiencia diaria: “A mí me encanta FOJI. Es un espacio para hacer muchos
amigos, para ganar experiencia cantando y para divertirse mucho. Lo paso muy
bien”.
Una voz propia
En un entorno donde la ópera
forma parte del ADN familiar, podría pensarse que el destino está escrito. Sin
embargo, Gonzalo insiste en que no existen imposiciones. “Lo que ella
elija, la vamos a apoyar. Tiene muchas herramientas: el trabajo corporal de la
gimnasia, el oído que desarrolló con el violín y un canto afinado que le sale
natural. Eso ya le pertenece”, afirmó.
Mientras tanto, Violeta continúa desarrollando su talento. A veces toma como referencia la seguridad escénica de su madre, otras, la presencia interpretativa de su padre. Poco a poco va delineando su propio matiz. Entre ejercicios matutinos, ensayos grupales y grandes obras sinfónicas, FOJI se ha transformado en el espacio donde esa herencia artística impulsa y proyecta su camino.

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