Son las seis de la mañana de un sábado y Mainque
Melipan, de 12 años, ya está despierto. No protesta. No pide cinco minutos más.
Se levanta con un propósito claro: llegar al ensayo de la Orquesta Sinfónica
Infantil Metropolitana (OSIM) de la Fundación de Orquestas Juveniles e
Infantiles de Chile (FOJI).
Para cualquier niño podría ser un
sacrificio. Para él, no. “Me encanta tocar mi instrumento, me da alegría, me da
paz, me entretiene mucho”, afirmó con seguridad. Habla con entusiasmo de su
viola, compañera inseparable desde 2022, año en que se integró a la
institución.
Mainque vive en Renca junto a su familia.
Está dentro del espectro autista (TEA) y, antes de integrarse a FOJI, la
socialización era uno de sus mayores desafíos.
La pandemia profundizó ese
aislamiento: clases online, pocos espacios de encuentro y extensas jornadas en
casa.
“Él
era de los que estaban encerrados: ‘no, no quiero salir, ahora no’. Entonces,
para mí ya es un logro inmenso que hoy venga con alegría. Es difícil que un
niño de 12 años se levante un sábado tan temprano para asistir a clases. Pero
cuando algo le gusta de verdad, no cuesta”, recordó Daisy Belmar, su madre.
El primer paso
El acercamiento a la Fundación comenzó
gracias a su hermana mayor, contrabajista, quien lleva seis años participando.
Por medio de ella, la familia conoció el trabajo formativo y el ambiente
musical que allí se genera. El ingreso de Mainque no fue inmediato ni sencillo:
hubo audición y también inquietud.
“Estuve
un poco nervioso. Me da nervio estar con muchas personas, pero hice todo lo que
pude”, expresó. La evaluación fue frente a varios profesores, un momento
exigente para cualquier postulante; aún más para alguien que enfrenta
dificultades en contextos sociales nuevos. Cuando supo que había sido
seleccionado, la emoción fue inmediata.
Para Daisy, esa noticia marcó un antes y
un después. Destaca especialmente el respaldo del equipo, en particular el acompañamiento
psicológico. “Fue un 7. Siempre estuvieron, siempre lo motivaron. Aquí hay
preocupación constante: si le falta algo o si algo le cuesta, están presentes.
Esto es como una familia”, señaló. En ese
entorno, su hijo encontró algo más que formación artística: halló una comunidad.
“Lo que más me gusta es venir a tocar en conjunto y escuchar a la orquesta. Me
siento alegre, feliz, que estamos todos ahí tocando con felicidad”, comentó.
El 2025 fue decisivo para el joven. “El
año pasado fue la evolución más rápida; fue cuando más socialicé. Con mis
compañeros hablamos más y nos juntamos en los recreos”.
Hoy cuenta que ha hecho varios amigos. Se
ríe, “tira la talla” con los instructores y comparte más allá del ensayo. Lo
que para otros puede parecer cotidiano, para él representa una conquista
personal.
El escenario como celebración
Presentarse ante público también ha sido
parte fundamental de este proceso. “Mi experiencia es felicidad y alegría,
porque demostramos ahí todo: cada ensayo que tuvimos”, reveló. Integrar un
elenco de FOJI implica clases con docentes de alto nivel, lo que supone un
desafío constante para quienes participan.
Mainque asume esa responsabilidad y reconoce
que el repertorio se ha vuelto cada vez más exigente. Las obras son más
complejas y las dificultades técnicas mayores. Lejos de intimidarlo, eso lo
motiva: “Cada vez tocamos cosas más difíciles. Con las melodías, con los
ritmos, todo”.
Disfruta especialmente las piezas
enérgicas y dinámicas. “La música muy lenta, fúnebre… eso es lo único malo”,
dijo entre risas. Prefiere las interpretaciones con fuerza y movimiento. Tal
vez porque, al igual que su propio proceso, han estado llenas de impulso y
crecimiento.
Mucho más que notas
Para su madre, el impacto ha sido
profundo. “El hecho de compartir es muy importante para él. Como tiene TEA, le
cuesta integrarse, todavía un poco, pero ya no es tanto como cuando empezamos”,
explicó.
El propio Mainque cree que el arte sonoro
trasciende cualquier barrera. “A veces no podemos comunicarnos por idioma, pero
con la música se puede comunicar en cualquier lado. Es un lenguaje universal”,
dijo. Lo dice con convicción, consciente de que este espacio le ha entregado
amistades, seguridad y un lugar claro dentro de un equipo.
Se proyecta ligado a este mundo. Quiere
seguir tocando e incluso enseñar algún día, aunque reconoce entre risas: “No
soy muy bueno enseñando, pero para tocar instrumentos sí”. Ya ha apoyado a
otros postulantes, acompañándolos para que enfrenten con calma sus
presentaciones.
Sabe lo que significa estar en ese lugar. Por
eso, cuando piensa en quienes aún buscan pertenecer a un grupo, su consejo es
directo: “Que no tengan miedo a postular. Que cuando entren, no les dé tanta
vergüenza, porque los profes son buena onda”.
Va más allá y deja un mensaje para quienes
atraviesan situaciones similares a la suya: “Si todavía no encuentran un grupo,
que sigan buscando, porque en algún momento de su vida van a encontrar un grupo
donde van a ser felices”.
Mainque ya encontró el suyo. Entre violas,
ensayos y risas compartidas, la orquesta no solo afina notas: fortalece
vínculos, construye confianza y abre espacios donde cada niño, con su propio
ritmo, puede sentirse parte.
Sobre FOJI
La Fundación Nacional de Orquestas
Juveniles e Infantiles de Chile (FOJI) se dedica a promover el desarrollo
social, cultural y educacional del país, brindando oportunidades para que los
niños, niñas y jóvenes de todo Chile accedan a una mejor calidad de vida a
través de la práctica musical de sus elencos; acercando la música de concierto
a todas las personas, sin distinción.
Desde su modelo formativo, FOJI busca
contribuir al desarrollo integral de los becados/as mediante el fomento de la
práctica musical de sus elencos y enseñanza dentro de un marco de respeto y
compromiso social, entregando una experiencia formativa caracterizada por ser
activa y colaborativa, con acceso social y territorial, que procura las
condiciones óptimas para el logro de los objetivos formativos.
Más información en www.foji.cl