En
este contexto, Karin Merino, académica de Sociología de la Universidad Andrés
Bello, abordó las características que históricamente se han asociado a la
identidad chilena, poniendo especial atención en el papel que cumplen los
territorios, las riquezas naturales y las distintas comunidades que los
habitan.
“Cuando
hablamos de la formación de una identidad país, los territorios y las riquezas
naturales juegan un papel central.
Nuestro
árido desierto y su codiciado cielo despejado, que desarrolla también en el
norte del país una cultura de observación del universo y los astros, y nos
vuelve reconocidos a nivel internacional por ello; nuestra amplia costa, llena
de caletas y comunidades que viven en una relación directa y constante con el
mar; nuestra larga cordillera de los andes y sus condiciones ecológicas que
configuran totalmente la forma de vivir en sus faldeos, desde tiempos del
imperio Tahuantinsuyu”, explicó la académica.
Para
Merino, el territorio no puede entenderse únicamente como el espacio físico
donde se desarrolla la vida social, ya que las experiencias de quienes lo
habitan le otorgan significados particulares.
“Entonces,
también podemos ver que el territorio no es un espacio o escenario neutro donde
ocurre la vida social, sino que es producido socialmente. Por tanto, un
territorio adquiere significado a partir de cómo se vive, se recorre, se
trabaja, se recuerda y se transforma”, señaló.
Desde
esta perspectiva, la identidad chilena se construye tanto a través de símbolos
reconocibles como la bandera, el huemul, el copihue y la cueca, como mediante
las experiencias cotidianas vinculadas a los distintos territorios.
“Desde
ahí, la identidad chilena no se construiría solamente mediante símbolos
explícitos como la bandera, el huemul, el copihue y ciertas tradiciones, como
la cueca; sino también mediante la experiencia cotidiana de habitarlo”,
sostuvo.
La
académica agregó que las características geográficas del país han dado origen a
diversas formas de vida, actividades económicas, conocimientos y memorias.
“En
estos espacios se han producido modos de vida, actividades económicas, formas
de organización, conocimientos situados, experiencias, memorias y también
distintas maneras de relacionarnos con el entorno. Una comunidad costera, una
comunidad agrícola, una comunidad minera o una comunidad que vive en un
territorio marcado por la sequía, desarrolla formas particulares de comprender
el mundo y de organizar su vida cotidiana”, afirmó.
Esta
relación entre sociedad y territorio también plantea desafíos respecto de la
manera en que se conciben y utilizan las riquezas naturales.
Merino
advierte que una visión que separa a la naturaleza de las personas y la
entiende principalmente como un recurso disponible puede generar tensiones y
conflictos en distintos territorios.
“Pero
esa ontología dualista, es decir de entender el mundo separando la naturaleza
del ser humano y verla como un recurso que nos pertenece, provoca varias
tensiones y disputas en los territorios, conflictos llamados ambientales,
incluso zonas de sacrificio.
Porque
en base a esta forma de ver el mundo, gestionamos eso que llamamos recursos
naturales bajo un paradigma antropocéntrico y extractivista, centrado en el
humano”, explicó.
Frente
a estos desafíos, la socióloga releva especialmente los aprendizajes que pueden
aportar los pueblos originarios respecto de la relación con el entorno.
“En
ese sentido, nuestros pueblos originarios tienen mucho que enseñarnos.
Históricamente han desarrollado formas de relación con la tierra, el agua y los
distintos elementos del entorno basadas en una mayor conciencia de
interdependencia.
La
idea de reciprocidad hacia la madre tierra y su cuidado. Recuperar esos
aprendizajes puede ayudarnos hoy a imaginar una identidad chilena más
consciente de su vínculo con el territorio y más orgullosa también de sus
pueblos originarios”, planteó.
A
juicio de la académica, uno de los desafíos consiste en modificar la manera en
que se habla de las riquezas naturales del país y avanzar hacia una mirada que
considere no solo su potencial productivo, sino también la relación que la
sociedad quiere establecer con ellas.
“El
primer desafío que tenemos entonces es justamente cambiar la manera en que
hablamos de esas riquezas.
Reconocer la enorme diversidad ambiental de
Chile no debería significar solamente preguntarnos cuánto podemos producir a
partir del sol, del viento, del agua o de nuestros territorios, sino
preguntarnos qué tipo de relación queremos construir con ellos. Ese cambio de
mirada es fundamental”, sostuvo.
La
complejidad de los desafíos ambientales, agregó, requiere incorporar distintas
formas de conocimiento y experiencia. “Porque los grandes problemas ambientales
actuales son problemas complejos. Y los problemas complejos no se resuelven
solamente con tecnología ni desde un único conocimiento, como lo sería el
científico”, afirmó.
En
esa línea, Merino plantea la necesidad de generar espacios de diálogo entre
distintos actores. “Necesitamos ciencia, pero también conocimiento territorial,
saberes de los pueblos originarios, experiencia de las comunidades, capacidades
del Estado y conocimiento de los sectores productivos.
El
desafío está en generar espacios donde esos conocimientos puedan dialogar y
donde las decisiones no se tomen únicamente desde arriba”, indicó.
La
transición energética constituye, para la académica, un ejemplo de esta
necesidad de integrar las dimensiones tecnológica, social y territorial.
“Por
ejemplo, la transición energética representa una enorme oportunidad para Chile,
pero no puede ser solamente una transición tecnológica. También tiene que ser
una transformación social y territorial.
Una
energía puede ser renovable desde el punto de vista técnico y, al mismo tiempo,
reproducir relaciones extractivas si las comunidades quedan fuera de las
decisiones o si los territorios son vistos solamente como lugares disponibles
para instalar proyectos”, explicó.
A
partir de estos elementos, la académica propone ampliar el significado del
orgullo asociado a la identidad nacional, pasando de una mirada centrada
principalmente en aquello que Chile posee hacia otra que considere también la
capacidad de sus habitantes para cuidar y construir colectivamente.
“Entonces
necesitamos resignificar qué entendemos por orgullo. Quizás el orgullo de ser
chileno no debería estar solamente en contemplar la belleza de nuestros
paisajes o decir que vivimos en un país privilegiado por su geografía.
Podríamos
construir un orgullo distinto: sentir orgullo por ser una sociedad capaz de
cuidar los territorios de los que forma parte”, planteó.
Esta
reflexión se relaciona también con la capacidad de generar acuerdos y reconocer
los distintos conocimientos presentes en la sociedad.
“Un
orgullo asociado a nuestra capacidad de construir acuerdos entre comunidades,
Estado, academia y empresas; de escuchar distintos conocimientos; de aprender
de nuestros pueblos originarios y de tomar decisiones pensando también en las
generaciones futuras. Creo que ahí existe una posibilidad muy potente de
construir algo común”, concluyó Karin Merino.
La propuesta invita así a comprender la identidad chilena como un fenómeno en permanente construcción, donde las tradiciones y símbolos nacionales conviven con las experiencias cotidianas, la diversidad territorial y las formas en que la sociedad decide relacionarse con su entorno. En ese marco, el cuidado puede convertirse en una dimensión adicional desde la cual pensar la pertenencia y el orgullo de formar parte de un país diverso.

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