jueves, 17 de septiembre de 2026

Socióloga plantea resignificar el orgullo chileno desde el cuidado de los territorios

 Durante septiembre, distintas expresiones culturales y tradiciones vuelven a ocupar un lugar central en la vida cotidiana de los chilenos. Las Fiestas Patrias también abren un espacio para reflexionar sobre los elementos que conforman la identidad nacional y sobre cómo han cambiado las maneras de entender el orgullo y la pertenencia a un país.

En este contexto, Karin Merino, académica de Sociología de la Universidad Andrés Bello, abordó las características que históricamente se han asociado a la identidad chilena, poniendo especial atención en el papel que cumplen los territorios, las riquezas naturales y las distintas comunidades que los habitan.

“Cuando hablamos de la formación de una identidad país, los territorios y las riquezas naturales juegan un papel central.

Nuestro árido desierto y su codiciado cielo despejado, que desarrolla también en el norte del país una cultura de observación del universo y los astros, y nos vuelve reconocidos a nivel internacional por ello; nuestra amplia costa, llena de caletas y comunidades que viven en una relación directa y constante con el mar; nuestra larga cordillera de los andes y sus condiciones ecológicas que configuran totalmente la forma de vivir en sus faldeos, desde tiempos del imperio Tahuantinsuyu”, explicó la académica.

Para Merino, el territorio no puede entenderse únicamente como el espacio físico donde se desarrolla la vida social, ya que las experiencias de quienes lo habitan le otorgan significados particulares.

“Entonces, también podemos ver que el territorio no es un espacio o escenario neutro donde ocurre la vida social, sino que es producido socialmente. Por tanto, un territorio adquiere significado a partir de cómo se vive, se recorre, se trabaja, se recuerda y se transforma”, señaló.

Desde esta perspectiva, la identidad chilena se construye tanto a través de símbolos reconocibles como la bandera, el huemul, el copihue y la cueca, como mediante las experiencias cotidianas vinculadas a los distintos territorios.

“Desde ahí, la identidad chilena no se construiría solamente mediante símbolos explícitos como la bandera, el huemul, el copihue y ciertas tradiciones, como la cueca; sino también mediante la experiencia cotidiana de habitarlo”, sostuvo.

La académica agregó que las características geográficas del país han dado origen a diversas formas de vida, actividades económicas, conocimientos y memorias.

“En estos espacios se han producido modos de vida, actividades económicas, formas de organización, conocimientos situados, experiencias, memorias y también distintas maneras de relacionarnos con el entorno. Una comunidad costera, una comunidad agrícola, una comunidad minera o una comunidad que vive en un territorio marcado por la sequía, desarrolla formas particulares de comprender el mundo y de organizar su vida cotidiana”, afirmó.

Esta relación entre sociedad y territorio también plantea desafíos respecto de la manera en que se conciben y utilizan las riquezas naturales.

Merino advierte que una visión que separa a la naturaleza de las personas y la entiende principalmente como un recurso disponible puede generar tensiones y conflictos en distintos territorios.

“Pero esa ontología dualista, es decir de entender el mundo separando la naturaleza del ser humano y verla como un recurso que nos pertenece, provoca varias tensiones y disputas en los territorios, conflictos llamados ambientales, incluso zonas de sacrificio.

Porque en base a esta forma de ver el mundo, gestionamos eso que llamamos recursos naturales bajo un paradigma antropocéntrico y extractivista, centrado en el humano”, explicó.

Frente a estos desafíos, la socióloga releva especialmente los aprendizajes que pueden aportar los pueblos originarios respecto de la relación con el entorno.

“En ese sentido, nuestros pueblos originarios tienen mucho que enseñarnos. Históricamente han desarrollado formas de relación con la tierra, el agua y los distintos elementos del entorno basadas en una mayor conciencia de interdependencia.

La idea de reciprocidad hacia la madre tierra y su cuidado. Recuperar esos aprendizajes puede ayudarnos hoy a imaginar una identidad chilena más consciente de su vínculo con el territorio y más orgullosa también de sus pueblos originarios”, planteó.

A juicio de la académica, uno de los desafíos consiste en modificar la manera en que se habla de las riquezas naturales del país y avanzar hacia una mirada que considere no solo su potencial productivo, sino también la relación que la sociedad quiere establecer con ellas.

“El primer desafío que tenemos entonces es justamente cambiar la manera en que hablamos de esas riquezas.

 Reconocer la enorme diversidad ambiental de Chile no debería significar solamente preguntarnos cuánto podemos producir a partir del sol, del viento, del agua o de nuestros territorios, sino preguntarnos qué tipo de relación queremos construir con ellos. Ese cambio de mirada es fundamental”, sostuvo.

La complejidad de los desafíos ambientales, agregó, requiere incorporar distintas formas de conocimiento y experiencia. “Porque los grandes problemas ambientales actuales son problemas complejos. Y los problemas complejos no se resuelven solamente con tecnología ni desde un único conocimiento, como lo sería el científico”, afirmó.

En esa línea, Merino plantea la necesidad de generar espacios de diálogo entre distintos actores. “Necesitamos ciencia, pero también conocimiento territorial, saberes de los pueblos originarios, experiencia de las comunidades, capacidades del Estado y conocimiento de los sectores productivos.

El desafío está en generar espacios donde esos conocimientos puedan dialogar y donde las decisiones no se tomen únicamente desde arriba”, indicó.

La transición energética constituye, para la académica, un ejemplo de esta necesidad de integrar las dimensiones tecnológica, social y territorial.

“Por ejemplo, la transición energética representa una enorme oportunidad para Chile, pero no puede ser solamente una transición tecnológica. También tiene que ser una transformación social y territorial.

Una energía puede ser renovable desde el punto de vista técnico y, al mismo tiempo, reproducir relaciones extractivas si las comunidades quedan fuera de las decisiones o si los territorios son vistos solamente como lugares disponibles para instalar proyectos”, explicó.

A partir de estos elementos, la académica propone ampliar el significado del orgullo asociado a la identidad nacional, pasando de una mirada centrada principalmente en aquello que Chile posee hacia otra que considere también la capacidad de sus habitantes para cuidar y construir colectivamente.

“Entonces necesitamos resignificar qué entendemos por orgullo. Quizás el orgullo de ser chileno no debería estar solamente en contemplar la belleza de nuestros paisajes o decir que vivimos en un país privilegiado por su geografía.

Podríamos construir un orgullo distinto: sentir orgullo por ser una sociedad capaz de cuidar los territorios de los que forma parte”, planteó.

Esta reflexión se relaciona también con la capacidad de generar acuerdos y reconocer los distintos conocimientos presentes en la sociedad.

“Un orgullo asociado a nuestra capacidad de construir acuerdos entre comunidades, Estado, academia y empresas; de escuchar distintos conocimientos; de aprender de nuestros pueblos originarios y de tomar decisiones pensando también en las generaciones futuras. Creo que ahí existe una posibilidad muy potente de construir algo común”, concluyó Karin Merino.

La propuesta invita así a comprender la identidad chilena como un fenómeno en permanente construcción, donde las tradiciones y símbolos nacionales conviven con las experiencias cotidianas, la diversidad territorial y las formas en que la sociedad decide relacionarse con su entorno. En ese marco, el cuidado puede convertirse en una dimensión adicional desde la cual pensar la pertenencia y el orgullo de formar parte de un país diverso.

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