Cada
septiembre, Chile se llena de banderas, cuecas y ceremonias que evocan una
historia compartida. Los colegios detienen sus actividades regulares no sólo
para disfrutar de los días libres, sino para crear un ambiente de chilenidad. Sin
embargo, la reiteración de algunas tradiciones nos lleva, muchas veces, a
darlas por hechos, sin abrir espacio para cuestionar sus motivos y valorar su
sentido. ¿Cuánto de la historia que las fiestas patrias celebran conocemos
realmente?
La
pregunta puede parecer menor, pero no lo es. Hablar hoy de patriotismo,
identidad nacional o tradiciones a veces conduce a discusiones ideológicas.
Para algunos, son conceptos asociados a posiciones políticas y se expresan de
formas contrapuestas: desde el mundo popular o desde las élites.
Para
otros, son expresiones de un nacionalismo a revisar. Pero si trasladamos la
discusión al ámbito de la educación escolar, el asunto puede plantearse en
términos más elementales: ¿conocen los estudiantes la historia de su país? Y
desde ahí, ¿saben valorarla?
En
2024, un estudio realizado con 409 estudiantes de III Medio de colegios de
distintas dependencias y comunas de la Región Metropolitana arrojó resultados
incómodos. Al pedirles que definieran a personajes históricos, sólo el 46% pudo
explicar quién fue y qué hizo Bernardo O’Higgins.
En
el caso de José Miguel Carrera, la cifra descendió a 30%. E incluso cuando un
personaje, su nombre o retrato resultaban familiares, ese reconocimiento no se
tradujo en conocimiento.
El
rostro de O’Higgins, por ejemplo, fue identificado por 72% de los estudiantes,
pero sólo una parte pudo explicar su papel histórico.
No
se trata de añorar una escuela en la que aprender historia significaba repetir
fechas, nombres y batallas. Durante décadas, la enseñanza de la disciplina fue
criticada por su carácter memorístico. Basta recordar cómo muchos tuvimos que
preparar la Prueba de Aptitud Académica (PAA) repasando el manual titulado La
Trutruca.
Las
reformas curriculares más recientes buscaron, con razón, desarrollar
habilidades como el pensamiento crítico, el análisis y la comprensión de
procesos históricos. El problema, sin embargo, es que al optar entre dos
alternativas que parecían antitéticas, los contenidos pasaron a ocupar un lugar
muy secundario.
Los
resultados de la investigación mencionada lo demuestran: se abrió una brecha entre
reconocer y comprender. Algunos nombres sobreviven, pero se ha debilitado el
conocimiento sobre las personas, acontecimientos y procesos que les dieron
sentido.
El
problema no es que las nuevas generaciones hayan perdido la capacidad de
retener datos. La cuestión de fondo es que no se puede pensar históricamente
sobre lo que se desconoce. Para comparar fuentes, interpretar procesos,
cuestionar relatos o comprender cómo una sociedad llegó a ser lo que es,
necesitamos disponer de un conocimiento sobre el pasado. El pensamiento crítico
no ocurre en el vacío.
Esa
habilidad es también relevante para pensar el presente y proyectar el futuro.
Cuando el pensamiento crítico se forma en relación con el pasado, entendido en
su condición histórica como aquello cuyo impacto permite comprender nuestro
propio tiempo, adquirimos también altura de miras y una mejor capacidad para
valorar aquello que somos. Sin una perspectiva temporal amplia, el presente se
convierte en la única medida de relevancia.
Las tradiciones patrias cumplen, en este sentido, una función que trasciende las diferencias políticas circunstanciales para la construcción de nuestra identidad y la formación de ciudadanía.
Una bandera, un himno, o el recuerdo de
quienes participaron en la formación de la República son expresiones de una
memoria colectiva que puede contribuir a fortalecer nuestro sentido de sociedad.
La escuela tiene un rol fundamental en ello. No debe decirnos qué tenemos que pensar sobre nuestro pasado, pero sí debe procurar que no lo olvidemos.


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