martes, 15 de septiembre de 2026

La cueca, la rayuela y la pregunta incómoda: ¿qué deporte nos representa de verdad?

Por Frano Giakoni Ramírez, director del Magíster en Gestión Deportiva UNAB.

 Chile se mueve más esta semana que en cualquier otra del año. Se baila cueca en patios de colegio, se lanza la rayuela con una precisión que nadie practicó, se corre detrás de un volantín y se camina entre fondas hasta que duelen los gemelos. 

Es, probablemente, la única semana en que el país hace actividad física por razones culturales y no por prescripción médica. Y en medio de ese movimiento aparece una pregunta incómoda que rara vez se hace en voz alta: ¿quién decidió que eso, y no otra cosa, es lo que nos representa?

El origen es bastante menos romántico de lo que se cree. La cueca fue declarada danza nacional por decreto, en 1979, es decir, en una oficina y no en una fonda. La rayuela sobrevive con federación, reglamento y campeonatos que casi nadie ve.

 Y el palín, un juego ancestral mapuche que se practicaba mucho antes de que existiera la idea misma de Chile, quedó fuera del relato oficial, reducido a nota cultural en vez de ser tratado como lo que es, una práctica deportiva con reglas, territorio y comunidad. 

Ninguna de esas definiciones nació de una consulta ciudadana ni de una medición de práctica real. Fueron decisiones administrativas que con el tiempo se transformaron en costumbre, y la costumbre terminó disfrazándose de esencia.

Lo interesante es lo que ocurrió mientras el papel decía una cosa y el país hacía otra. Hubo una época en que la identidad deportiva chilena fue el boxeo, cuando los nombres de Godfrey Stevens o Martín Vargas paralizaban casas enteras frente a la radio y la televisión. Esa identidad fue real y masiva, y hoy está prácticamente desaparecida. 

No porque los chilenos cambiaran de gusto, sino porque desaparecieron los gimnasios de barrio, los entrenadores y la competencia sostenida que la mantenían viva. En paralelo apareció algo que ningún decreto anticipó: cientos de miles de personas corriendo, pedaleando y subiendo cerros los domingos por la mañana. La identidad deportiva no se decretó. 

Se fue armando sola, con lo que resultó accesible, barato, televisado y posible de practicar cerca de la casa.

Esa es la clave que suele omitirse. Un deporte se vuelve identidad cuando se puede repetir. Necesita espacio disponible, alguien que enseñe, competencia local, continuidad en el tiempo y un relato que lo sostenga. El fútbol tuvo todo eso junto durante un siglo. 

El tenis tuvo el relato de golpe, cuando Massú y González ganaron en Atenas 2004 y el país entero descubrió que sabía de tenis, aunque el número de canchas públicas siguiera siendo casi el mismo al día siguiente. La emoción construye memoria, pero no construye infraestructura.

Ahí está el punto que debería incomodar. Chile celebra su identidad deportiva una semana al año y convive el resto del tiempo con niveles de sedentarismo altísimos. 

La Encuesta Nacional de Salud mostró que cerca de nueve de cada diez adultos no realizan actividad física suficiente en su tiempo libre. Un país que baila cueca con entusiasmo en septiembre y no camina treinta minutos en octubre no tiene un problema de identidad cultural. Tiene un problema de gestión.

Porque la identidad deportiva no es un adorno folclórico, es una decisión de política pública tomada mucho antes de que alguien la note. 

Cuando un municipio define si construye una multicancha, una piscina o una cancha de palín, está decidiendo qué va a ser tradición en veinte años más. Cuando una federación recibe financiamiento estable y otra sobrevive con rifas, está decidiendo qué disciplina tendrá campeones y cuál tendrá nostalgia. 

Cuando un colegio elige qué enseña en educación física y quién lo enseña, está escribiendo el próximo capítulo de lo que los chilenos van a considerar propio. La identidad se administra, aunque nadie lo diga así.

Por eso la pregunta sobre qué nos representa no se resuelve mirando hacia atrás. La cueca, la rayuela y el palín merecen protección, registro y espacio, pero como patrimonio vivo y no como excusa para esquivar la pregunta siguiente, que es más exigente: qué prácticas se están habilitando hoy para que dentro de una generación alguien las sienta suyas.

Septiembre deja una imagen amable de un país que se mueve, y conviene mirarla con atención, porque demuestra que la cultura sí es capaz de poner a los chilenos de pie. 

La tarea pendiente es menos festiva y bastante más estructural: convertir ese impulso de una semana en un sistema deportivo que funcione las otras cincuenta y una. Los símbolos los define un decreto. La identidad la define la práctica, y la práctica se construye con gestión.

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