viernes, 4 de septiembre de 2026

La búsqueda de Azucena Germán por preservar lo efímero

 Conversamos con Azucena Germán (México), artista e investigadora que durante agosto realizó su residencia en el Instituto Superior Latinoamericano de Arte (ISLA), bajo la línea de Microbiología y Estudio de ecosistemas locales. La artista, proveniente del estado de Querétaro, en el marco de su proyecto estuvo indagando y experimentando con la liofilización, un método de deshidratación provocado por las bajas temperaturas, que realizó con hojas y flores del norte de Chile.


¿Cómo nace la idea de profundizar en el proceso de la liofilización?

Al principio empiezas en la búsqueda de tu propia identidad, de lo que quieres proponer y de lo que quieres decir. Como artista llevo 20 años de carrera. Empecé con pintura, luego, cuando egresé de la universidad, me acerqué al land art, arte de la Tierra.

Pero surgió la necesidad de conservar el material y de querer participar de convocatorias en las que piden que sean piezas no perecederas, a diferencia del land art, que es más bien efímero.

¿Allí fue donde analizaste cómo conservar una obra?

Sí, comencé a investigar sobre la liofilización, un proceso de secado o deshidratación que utiliza la sublimación. Este método consiste en congelar los elementos y someterlos a bajas presiones, generando un vacío que permite que el agua pase directamente del estado sólido al gaseoso, sin atravesar la fase líquida. Gracias a ello, se evita la oxidación y los materiales conservan sus características originales.

De esta manera, los elementos no se marchitan, sino que mantienen su color, forma e incluso gran parte de sus nutrientes. Esto es clave para la gente de ciencias o de la farmacéutica, que generalmente tratan de conservar los nutrientes.

Y el tema de la bioescultura, ¿por qué querer trabajar con materiales que son dados por la naturaleza?

En realidad, todos los materiales, elementos con los que convivimos y necesitamos nos los da la naturaleza, solo que algunos están mucho más procesados.

Mi trabajo se centra en materiales que se encuentran en un estado más cercano a su origen, casi lo que yo llamaría un estado “crudo”, pero incluso la misma pintura o pigmentos son dados por materiales como plantas, minerales o de origen animal. Por ejemplo la cochinilla, que es un gusanito mexicano, da un color rojo muy especial.

¿Cuéntanos de tu residencia en ISLA?

Estoy enamorada de Antofagasta, me gusta muchísimo. Tiene muchos recursos, tiene mucha variedad, incluso en ecosistemas. Creemos que es un desierto seco que no tiene nada, pero no. Tiene gran variedad de flora, es impresionante. En San Pedro vi cómo a medida que vas avanzando, subiendo o bajando de altura, el paisaje va cambiando constantemente. Encuentras lagunas, salares, quebradas, humedales, estepa, con diferentes tipos de animales. También aquí en Antofagasta, en la zona costera, con toda su variedad de peces. Me siento muy agradecida. 

¿Cómo se desarrolló el proyecto durante tu viaje a San Pedro de Atacama?

En la propuesta que envié aquí a SACO inicialmente mencionaba que quería trabajar con flora endémica, pero al indagar sobre cada una de las que me interesaban, vi que muchas están en riesgo y protegidas. Así que opté por la opción opuesta: utilizar un tipo de planta que fuera muy comercial y que no tuviera problemas con esto. Entonces quise trabajar con las plantas violas. 

Fui directamente a uno de los viveros de la ciudad y ahí empecé a ver opciones. Las que elegí tienen un pétalo muy delgado, lo cual ayudaba al proceso porque no contienen tanta agua, y también son muy coloridas así que podría saber qué sucede con su color. 

¿Cómo trasladaste las flores? 

Compré las plantas completas y llevé conmigo varias opciones de distintos colores durante el viaje. Mi intención inicial era trabajar en San Pedro de Atacama; sin embargo, me trasladé al pueblo de Machuca, que reúne las características necesarias para este tipo de experimentación. Estas condiciones suelen darse a partir de los 3.500 metros sobre el nivel del mar, y Machuca se encuentra aproximadamente a 4.000 metros de altitud.

Allí realicé una primera prueba. No fue directamente en el pueblo, sino en una zona de la denominada estepa altoandina, donde procuré alcanzar los 3.500 metros de altura requeridos para observar el comportamiento del material.

¿Cómo fue el procedimiento?

Lo hice de dos formas. En una coloqué las flores en una gasa húmeda para que no perdiera elasticidad y en otras directamente sobre agua para que se hiciera hielo. Las dejé durante 12 horas, pasando la noche. 

La prueba que estaba en gasa quedó completamente seca, se sentía en el pétalo y el color se veía casi intacto, como si estuviera viva. Las flores que estaban en el agua, se congelaron durante la madrugada, pero ya con luz de día y el pasar de las horas, se volvió nuevamente líquida. Esto me hizo pensar y querer intentarlo directamente en Machuca (a 4000 metros de altura), al ver que la prueba anterior sí me dió resultado, quise intentarlo a más altura. 

Así que coloqué una serie de diferentes flores de colores sobre una bandeja, pero cubiertas solo con gasa seca, ya que lo que buscaba era quitar el agua de mi objeto de estudio, y así, con la propia humedad interna que mantiene la flor, esperé a que se congelara. Las fui a vigilar durante la noche y al tocarlas, las sentí congeladas, esto debido a que la estábamos a menos 6 grados, también las dejé la misma cantidad de horas pero no dió el mismo resultado que el primer día por la humedad ambiental. 

La artista realizó este experimento en dos ocasiones. Sin embargo, en el segundo intento no obtuvo los resultados esperados, ya que las condiciones climáticas habían cambiado producto de las fuertes precipitaciones de agosto en el norte de Chile. 

A pesar de este contratiempo, finalmente, logró llevar a cabo dos procedimientos de liofilización de manera natural.  Los últimos días de su residencia, y gracias a la colaboración del académico de la Universidad de Antofagasta, Juan Morales, quien trabaja en un laboratorio equipado con tecnología especializada para la liofilización, pudo replicar el procedimiento en condiciones controladas. Esto le permitió contrastar los resultados de liofilización obtenidos mediante el método natural en el desierto, con aquellos alcanzados a través de un proceso científico, estableciendo una valiosa comparación entre ambas experiencias.

Así culmina la residencia de Azucena Germán, a quien le deseamos el mayor de los éxitos en el futuro. Esperamos que este acercamiento científico en Antofagasta y el desierto de Atacama, siga ampliando resultados a mediano y largo plazo en su práctica artística. 

Agradecemos especialmente a Gladys Hayashida y al equipo C-TyS UA; Elías Ramírez del Jardín Botánico de Antofagasta; Juan Morales, investigador Microalgas y Compuestos Bioactivos en Universidad de Antofagasta; María José Larrazabal, directora depto. de cs. de los alimentos y nutrición de la Universidad de Antofagasta; y todos quienes colaboraron para llevar a cabo su residencia. 

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