domingo, 25 de enero de 2026

Un laberinto sin cortes: Natalia Peña y las locaciones de Que Se Acabe Todo

En una película sin cortes, la locación debe ser estéticamente coherente pero técnicamente impecable, permitiendo que un equipo de 60 ó más personas y toneladas de equipamiento se oculten detrás de puertas y muebles a medida que la cámara avanza, sin romper jamás la ilusión del espectador.

El hallazgo de una notaría abandonada y oficinas interconectadas en el centro de Santiago permitió crear el “laberinto” que la narrativa exigía. Natalia destaca que las locaciones también cuentan la historia: desde la humildad de una casa en Barrio Matta hasta el lujo de una residencia kitsch, la arquitectura se convierte en el reflejo físico del ascenso económico y la debacle moral de los personajes.

Existe una confusión habitual sobre el trabajo del locacionista, como si se tratara de un detective estético que simplemente sale a pasear buscando fachadas lindas. La realidad es mucho más áspera: una locación no sirve si es bella pero no soporta la invasión de un equipo de 60 personas, camiones y generadores.

Para Natalia Peña, jefa de Locaciones de Que Se Acabe Todo, el oficio comienza mucho antes de que se prenda la cámara; implica leer el guion y traducir palabras en espacios, asegurando no solo que el lugar se vea bien, sino que la película sea físicamente posible.

Por eso, Natalia rechaza la improvisación. Su equipo hace scouting con cámaras y lentes profesionales, componiendo los planos antes incluso de que el director pise el set.

En este rol, el locacionista actúa casi como un editor de la realidad: debe encontrar espacios que permitan la coreografía técnica y narrativa, uniendo arquitectónicamente lo que el guion pide, y solucionando problemas invisibles para el público, como dónde esconder al equipo técnico para no romper la ilusión.

Es un trabajo de visión anticipada donde, como ella misma sentencia, “nosotros nos encargamos del futuro. Si la locación no está aprobada, si no está negociada, si no está abierta el día de la filmación, no hay película”. Su éxito radica en gestionar esa incertidumbre para que, cuando llegue el resto del equipo, el escenario parezca haber estado siempre ahí, esperando en silencio a que la historia ocurriera.

Laberintos y puertas cerradas: La arquitectura de una película sin cortes

En el cine tradicional, la locación es un fondo mentiroso: si la cámara mira al norte, el equipo técnico se refugia en el sur. Cortan, giran y se mueven. Pero en Qué Se Acabe Todo, rodada como un gran plano secuencia, esa lógica no existe.

La cámara es un ojo de 360 grados. “No tenemos puntos ciegos”, explica Natalia Peña, cuya misión esta vez no fue solo encontrar lugares estéticos, sino estratégicos. El desafío era logístico: ¿Cómo esconder a un crew y equipamiento dentro de una escena sin que la cámara los delate?

Para las oficinas de la multitienda, el equipo necesitaba un laberinto. Gracias a Esteban Ruiz, abogado de la productora, llegaron a un piso de Paseo Ahumada, donde hoy trabaja AdmiralOne.

Una nave central con oficinas interconectadas que permite el flujo circular y continuo que la película exige. “Es un lugar perfecto… la cámara entra por una puerta y conecta con la otra”, describe el director Moisés Sepúlveda.

Fue en ese mismo edificio donde Natalia, investigando piso por piso, abrió una puerta y encontró una notaría abandonada, el escenario ideal para el SERNAC (Servicio Nacional del Consumidor). 

“Estaba toda sucia, empolvada. La mandé a limpiar y apareció una locación increíble, como nueva, que no se ha filmado nunca”, cuenta. Un lugar ideal descubierto a metros del set principal que soluciona gran parte de la logística.

Pero las locaciones en esta película no sólo resuelven problemas técnicos; también narran el ascenso económico y la caída moral de su protagonista: María Angélica Zari.

 Primero, la precariedad: una casa antigua en Barrio Matta con la profundidad necesaria para los tiros de cámara. Luego, el brutal contraste de la segunda casa. “Cuando me hablaron de que María Angélica tenía un cambio de 180 grados, me acordé de una casa de mi archivo”, relata Natalia.

El lugar elegido es un monumento a la estética kitsch: pieles de leopardo sintético, palmeras fuera de lugar y un baño de mármol que grita ostentación. “El cambio de esa plata se traduce en la arquitectura”, explica.

Más allá de las locaciones y los permisos, para Peña esta película tiene un fin moral: refrescar la memoria.

La cinta no es solo sobre una estafa financiera, sino sobre una idiosincrasia chilena donde el abuso laboral y el egocentrismo se disfrazan de compromiso. 

“Habla de que ‘ponerse la camiseta’ es comprometerse incluso cuando le pasas por encima a otra persona”, reflexiona. Por eso, aunque cierren las puertas, la película debe existir: para que el espectador se mire en el espejo de los personajes e identifique, incómodamente, su propio reflejo en la pantalla.

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