En una película sin cortes, la
locación debe ser estéticamente coherente pero técnicamente impecable,
permitiendo que un equipo de 60 ó más personas y toneladas de equipamiento se
oculten detrás de puertas y muebles a medida que la cámara avanza, sin romper
jamás la ilusión del espectador.
El hallazgo de una notaría
abandonada y oficinas interconectadas en el centro de Santiago permitió crear
el “laberinto” que la narrativa exigía. Natalia destaca que las locaciones
también cuentan la historia: desde la humildad de una casa en Barrio Matta
hasta el lujo de una residencia kitsch, la arquitectura se convierte en el
reflejo físico del ascenso económico y la debacle moral de los personajes.
Existe una confusión habitual
sobre el trabajo del locacionista, como si se tratara de un detective estético
que simplemente sale a pasear buscando fachadas lindas. La realidad es mucho
más áspera: una locación no sirve si es bella pero no soporta la invasión de un
equipo de 60 personas, camiones y generadores.
Para Natalia Peña, jefa de
Locaciones de Que Se Acabe Todo, el oficio comienza mucho antes de que se
prenda la cámara; implica leer el guion y traducir palabras en espacios,
asegurando no solo que el lugar se vea bien, sino que la película sea
físicamente posible.
Por eso, Natalia rechaza la
improvisación. Su equipo hace scouting con cámaras y lentes
profesionales, componiendo los planos antes incluso de que el director pise el
set.
En este rol, el locacionista
actúa casi como un editor de la realidad: debe encontrar espacios que permitan
la coreografía técnica y narrativa, uniendo arquitectónicamente lo que el guion
pide, y solucionando problemas invisibles para el público, como dónde esconder
al equipo técnico para no romper la ilusión.
Es un trabajo de visión
anticipada donde, como ella misma sentencia, “nosotros nos encargamos del
futuro. Si la locación no está aprobada, si no está negociada, si no está
abierta el día de la filmación, no hay película”. Su éxito radica en gestionar
esa incertidumbre para que, cuando llegue el resto del equipo, el escenario
parezca haber estado siempre ahí, esperando en silencio a que la historia
ocurriera.
Laberintos y
puertas cerradas: La arquitectura de una película sin cortes
En el cine tradicional, la
locación es un fondo mentiroso: si la cámara mira al norte, el equipo técnico
se refugia en el sur. Cortan, giran y se mueven. Pero en Qué Se Acabe
Todo, rodada como un gran plano secuencia, esa lógica no existe.
La cámara es un ojo de 360
grados. “No tenemos puntos ciegos”, explica Natalia Peña, cuya misión esta
vez no fue solo encontrar lugares estéticos, sino estratégicos. El desafío era
logístico: ¿Cómo esconder a un crew y equipamiento dentro de una escena sin que
la cámara los delate?
Para las oficinas de la
multitienda, el equipo necesitaba un laberinto. Gracias a Esteban Ruiz, abogado
de la productora, llegaron a un piso de Paseo Ahumada, donde hoy trabaja
AdmiralOne.
Una nave central con oficinas
interconectadas que permite el flujo circular y continuo que la película
exige. “Es un lugar perfecto… la cámara entra por una puerta y conecta con
la otra”, describe el director Moisés Sepúlveda.
Fue en ese mismo edificio
donde Natalia, investigando piso por piso, abrió una puerta y encontró una
notaría abandonada, el escenario ideal para el SERNAC (Servicio Nacional del
Consumidor).
“Estaba toda sucia, empolvada.
La mandé a limpiar y apareció una locación increíble, como nueva, que no se ha
filmado nunca”, cuenta. Un lugar ideal descubierto a metros del set principal
que soluciona gran parte de la logística.
Pero las locaciones en esta
película no sólo resuelven problemas técnicos; también narran el ascenso
económico y la caída moral de su protagonista: María Angélica Zari.
Primero, la precariedad: una casa antigua en
Barrio Matta con la profundidad necesaria para los tiros de cámara. Luego, el
brutal contraste de la segunda casa. “Cuando me hablaron de que María
Angélica tenía un cambio de 180 grados, me acordé de una casa de mi archivo”,
relata Natalia.
El lugar elegido es un
monumento a la estética kitsch: pieles de leopardo sintético, palmeras
fuera de lugar y un baño de mármol que grita ostentación. “El cambio de
esa plata se traduce en la arquitectura”, explica.
Más allá de las locaciones y
los permisos, para Peña esta película tiene un fin moral: refrescar la memoria.
La cinta no es solo sobre una
estafa financiera, sino sobre una idiosincrasia chilena donde el abuso laboral
y el egocentrismo se disfrazan de compromiso.
“Habla de que ‘ponerse la camiseta’ es comprometerse incluso cuando le pasas por encima a otra persona”, reflexiona. Por eso, aunque cierren las puertas, la película debe existir: para que el espectador se mire en el espejo de los personajes e identifique, incómodamente, su propio reflejo en la pantalla.
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