Conversando con
una amiga de años, recordábamos lo mucho que nuestros abuelos sabían sobre
historia de Chile, de música, tradiciones o de cine, sin haber tenido la
oportunidad de instruirse demasiado.
En la gran mayoría
de nuestras historias familiares, los abuelos no terminaron la educación básica
o bien con suerte habían llegado a cursar estudios secundarios ¿Qué era
entonces esa magia que los hacía contar con una solidez cultural que les daba
identidad, sentido de pertenencia y a la vez esa autoridad formativa que calaba
hondo en nuestras almas infantiles?
Inevitablemente
esta reflexión nos llevó a una fecha cercana y relevante en nuestro actual
escenario social y cultural, que es el Día del Patrimonio, que se celebró este
domingo 31 de mayo.
Una fecha que,
cada año, nos invita a recorrer espacios, a mirar nuestra historia común, a
reconocernos como parte de algo más amplio que lo inmediato. Pero, en esa
invitación colectiva, hay una ausencia persistente que pocas veces se nombra:
el rol formativo de la familia en la construcción de ese vínculo con la
cultura.
Porque la
ciudadanía no se improvisa en una visita guiada, ni se garantiza por decreto
escolar. Se cultiva, lenta y silenciosamente, en aquello que ocurre dentro del
hogar.
En tiempos donde
la escuela parece estar permanentemente en tela de juicio, es necesario
desplazar el foco, aunque incomode. Las críticas a los establecimientos
educacionales son legítimas y necesarias.
Sin embargo,
resulta preocupante constatar que muchas veces el rol de la familia sólo queda
reducido a este ejercicio reactivo: reclamar derechos incumplidos, denunciar
situaciones conflictivas o, en algunos casos, incluso justificar conductas que
erosionan la convivencia.
Pero la evidencia
es clara y nos dice otra cosa. La UNESCO ha sostenido que el involucramiento
familiar no solo impacta en el rendimiento académico, sino también en la
formación de valores cívicos, la empatía y el compromiso social (UNESCO, 2022).
En la misma línea,
la OCDE advierte que los sistemas educativos más efectivos son aquellos donde
existe una alianza sólida entre escuela y familia, basada en la confianza y la
corresponsabilidad (OCDE, 2021). Como se puede apreciar, no se trata de una colaboración
opcional, sino de un pilar estructural del proceso formativo.
En Chile, la
Política Nacional de Convivencia Escolar (MINEDUC, 2024) enfatiza precisamente
esta idea: la educación es una tarea compartida, donde la comunidad —y
especialmente la familia— cumple un rol clave en la promoción del buen trato,
el respeto y la participación. Sin embargo, esto se ve conflictuado en la
práctica cotidiana, porque mientras desde la escuela se promueve el diálogo, la
tolerancia y la resolución pacífica de conflictos, no siempre esos mismos
principios son los que se promueven al interior de las familias.
Y es aquí donde se
genera una paradoja inquietante. Se espera que la escuela forme ciudadanos
respetuosos, críticos y comprometidos, pero muchas veces esos aprendizajes se
enfrentan a discursos contradictorios en el hogar: desvalorización de la
autoridad, normalización de la violencia verbal o indiferencia frente a lo
público.
El Día del
Patrimonio, en este contexto, no fue solo una actividad cultural. Fue también
un espejo y una oportunidad. Nos mostró cuánto hemos hecho como sociedad para
transmitir el valor de lo común.
Porque no basta
con asistir a un museo si detrás de eso no hay una conversación, una
explicación, una curiosidad compartida. Ser familia hoy implica mucho más que
acompañar trayectorias escolares o responder a comunicados.
Implica asumir un
rol formativo activo e intencionado. Implica enseñar, pero con el ejemplo, que
el otro importa, que lo público nos pertenece, que la cultura no es un lujo,
sino un lenguaje que nos permite comprendernos. Implica, también, incomodarse,
cuestionarse, revisar prácticas y discursos.
No se trata de
buscar culpables, sino de recuperar responsabilidades. Porque cuando la familia
renuncia a su rol formador, la escuela no solo se sobrecarga: se debilita el
tejido social, dejando espacio a la indiferencia y a la apatía.
Pero también este
día fue una oportunidad y una luz de esperanza. Se ve en familias que
convierten una caminata en una clase de historia viva, en padres que preguntan
antes de juzgar, en hogares donde el respeto es una práctica cotidiana.
Quizás, en este
Día del Patrimonio, la invitación más urgente no fue solo abrir edificios, sino
también abrir conversaciones. Preguntarnos qué estamos transmitiendo, qué
estamos modelando, qué ciudadanía estamos ayudando a construir.
Porque la cultura —esa que celebramos cada fin de mayo— no se hereda automáticamente: se enseña, se comparte, se vive. Y esa enseñanza, antes que, en cualquier sala de clases, comienza en casa.

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