Pareceres que son
expresados, por las más diversas personalidades en un arco que va desde
presidentes de potencias mundiales pasando por altas autoridades políticas de
nuestro país y llegando hasta opinólogos de farándula y el cuanto hay
televisivo, todos mezclados en un mismo saco discursivo de puntos de vista
asentados en la convicción iletrada y el autobombo y más bien guiados por el
hashtag, la conveniencia de la cuña o el trending topic del día.
Por otra parte, hace unos
años emitir una opinión pública sin fundamentos sólidos, era sinónimo de
vergüenza y existía un sano pudor que frenaba el hablar desde el
desconocimiento.
Pero hoy en el mundo de la
posverdad, muchas opiniones profundamente ignorantes encuentran una tribuna
pública dispuesta a aplaudir y alentar las más descabelladas ideas, opiniones y
conceptos, en una convivencia que nos debe hacer cuestionar lo útil que resulta
para algunos pocos, la ignorancia de algunos muchos.
En ese saco conceptual,
todo tema es posible: la paz mundial, la estafa del cambio climático, el
derroche del erario público en investigaciones científicas, lo tolerantes que
son los capibaras, lo buena y estimulante que es la pobreza, llegando a lo improductivo
que es el arte o lo aprovechadores, inútiles y flojos que somos las gentes que
nos dedicamos a la actuación.
En la réplica ante este
fenómeno la respuesta debe ser calma y clara.
Frente a la ignorancia: más educación, más ciencia, más arte, más cultura (y
por supuesto… más teatro).
El artista teatral chileno
no es un indolente; es un trabajador multifuncional que sostiene el ecosistema
cultural a pulso ante la precariedad institucional.
Las investigaciones del
área demuestran las graves dificultades estructurales del sector y la enorme
carga que soportan las compañías, cuyos miembros actúan de forma multitarea: no
solo crean las obras, sino que deben autofinanciarse, producir, conseguir las
salas y gestionar la circulación nacional e internacional de sus montajes.
Muchas de las opiniones que
se emiten en relación al trabajo de los artistas chilenos, provienen del
desconocimiento, y el desconocimiento no se combate con más estridencia.
Durante décadas, la llamada
“formación de audiencias” ha operado como un mero saludo a la bandera,
desatendiéndose la alfabetización cultural sistemática de públicos desde la
primera infancia, que vaya mucho más allá de los intereses y posibilidades
económicas de algunas familias, y olvidando que no podemos reconocer y amar
aquello que no conocemos.
En un mundo cada vez más
individualista, se vuelve casi natural el temor y la descalificación del otro,
reduciendo nuestro campo de acción y nuestros saberes a lo conocido e
incuestionable, no permitiendo que esos saberes sean permeados por otros puntos
de vista, otras ideas y otras formas de observar el mundo que entren en diálogo
con nuestros supuestos. Y es aquí en dónde el teatro tiene mucho que aportar.
El mundo se vuelve mejor
cuando vamos al teatro por múltiples razones, menciono tres: se vuelve más
divertido, más consciente y más dialogante. El enorme trabajo que existe tras
el escenario y su valor no pueden estar en cuestión cuando se conoce mínimamente
ese espacio de encuentro y compromiso.
Así como un laboratorio
indaga en la materia, el teatro investiga la naturaleza humana, explora los
límites de nuestras posibilidades imaginativas y, por sobre todo, nos otorga la
invaluable facultad de proyectar los futuros a los que aspiramos como comunidad.
Por ello, frente a la
vacuidad de quienes disparan contra el arte desde el analfabetismo cultural, la
receta ciudadana es breve, elegante y definitiva: usted no se deje engañar por
el prejuicio ajeno, vaya al teatro y ocupe las butacas, miren de frente las
tablas y comprueben por ustedes mismos la inmensa fuerza laboral que sostiene
cada segundo arriba del escenario.
Hoy 22 de junio, el Teatro
Nacional Chileno cumple 85 años de historia y enorme trabajo, décadas de
teatristas visibles e invisibles que han dejado una enorme huella en la cultura
chilena, miles de horas de ensayos, cientos de obras, de pruebas, de aciertos y
caídas; esa herencia es la que hoy celebramos, de la mejor manera que podemos:
dándole continuidad al legado de trabajo que heredamos de los fundadores
del Experimental y que estamos ciertos, continuará por muchos años más.
Cristian Keim Palma. Director. Teatro Nacional Chileno


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