lunes, 22 de junio de 2026

"Usted no se deje engañar por el prejuicio ajeno, vaya al teatro"

 En los últimos años, meses y semanas nos hemos acostumbrado a escuchar (lamentablemente y ya casi sin asombro), una serie de opiniones e ideas bastante cuestionables y ajenas a toda realidad empírica que se emiten abiertamente en todo el mundo y en todo ámbito de cuestiones y contextos.

Pareceres que son expresados, por las más diversas personalidades en un arco que va desde presidentes de potencias mundiales pasando por altas autoridades políticas de nuestro país y llegando hasta opinólogos de farándula y el cuanto hay televisivo, todos mezclados en un mismo saco discursivo de puntos de vista asentados en la convicción iletrada y el autobombo y más bien guiados por el hashtag, la conveniencia de la cuña o el trending topic del día.

Por otra parte, hace unos años emitir una opinión pública sin fundamentos sólidos, era sinónimo de vergüenza y existía un sano pudor que frenaba el hablar desde el desconocimiento.

Pero hoy en el mundo de la posverdad, muchas opiniones profundamente ignorantes encuentran una tribuna pública dispuesta a aplaudir y alentar las más descabelladas ideas, opiniones y conceptos, en una convivencia que nos debe hacer cuestionar lo útil que resulta para algunos pocos, la ignorancia de algunos muchos.

En ese saco conceptual, todo tema es posible: la paz mundial, la estafa del cambio climático, el derroche del erario público en investigaciones científicas, lo tolerantes que son los capibaras, lo buena y estimulante que es la pobreza, llegando a lo improductivo que es el arte o lo aprovechadores, inútiles y flojos que somos las gentes que nos dedicamos a la actuación.

En la réplica ante este fenómeno la respuesta debe ser calma y clara.
Frente a la ignorancia: más educación, más ciencia, más arte, más cultura (y por supuesto… más teatro).

El artista teatral chileno no es un indolente; es un trabajador multifuncional que sostiene el ecosistema cultural a pulso ante la precariedad institucional.

Las investigaciones del área demuestran las graves dificultades estructurales del sector y la enorme carga que soportan las compañías, cuyos miembros actúan de forma multitarea: no solo crean las obras, sino que deben autofinanciarse, producir, conseguir las salas y gestionar la circulación nacional e internacional de sus montajes.

Muchas de las opiniones que se emiten en relación al trabajo de los artistas chilenos, provienen del desconocimiento, y el desconocimiento no se combate con más estridencia.

Durante décadas, la llamada “formación de audiencias” ha operado como un mero saludo a la bandera, desatendiéndose la alfabetización cultural sistemática de públicos desde la primera infancia, que vaya mucho más allá de los intereses y posibilidades económicas de algunas familias, y olvidando que no podemos reconocer y amar aquello que no conocemos.

En un mundo cada vez más individualista, se vuelve casi natural el temor y la descalificación del otro, reduciendo nuestro campo de acción y nuestros saberes a lo conocido e incuestionable, no permitiendo que esos saberes sean permeados por otros puntos de vista, otras ideas y otras formas de observar el mundo que entren en diálogo con nuestros supuestos. Y es aquí en dónde el teatro tiene mucho que aportar.

El mundo se vuelve mejor cuando vamos al teatro por múltiples razones, menciono tres: se vuelve más divertido, más consciente y más dialogante. El enorme trabajo que existe tras el escenario y su valor no pueden estar en cuestión cuando se conoce mínimamente ese espacio de encuentro y compromiso.

Así como un laboratorio indaga en la materia, el teatro investiga la naturaleza humana, explora los límites de nuestras posibilidades imaginativas y, por sobre todo, nos otorga la invaluable facultad de proyectar los futuros a los que aspiramos como comunidad.

Por ello, frente a la vacuidad de quienes disparan contra el arte desde el analfabetismo cultural, la receta ciudadana es breve, elegante y definitiva: usted no se deje engañar por el prejuicio ajeno, vaya al teatro y ocupe las butacas, miren de frente las tablas y comprueben por ustedes mismos la inmensa fuerza laboral que sostiene cada segundo arriba del escenario.

Hoy 22 de junio, el Teatro Nacional Chileno cumple 85 años de historia y enorme trabajo, décadas de teatristas visibles e invisibles que han dejado una enorme huella en la cultura chilena, miles de horas de ensayos, cientos de obras, de pruebas, de aciertos y caídas; esa herencia es la que hoy celebramos, de la mejor manera que podemos:  dándole continuidad al legado de trabajo que heredamos de los fundadores del Experimental y que estamos ciertos, continuará por muchos años más.

Cristian Keim Palma. Director. Teatro Nacional Chileno

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