viernes, 19 de junio de 2026

Científicos rastrean contaminantes invisibles en la Antártica

(c) Gustavo Chiang
 Una iniciativa pionera en Chile investiga cómo los llamados “químicos eternos” llegan, circulan y afectan los ecosistemas polares, en un contexto marcado por el deshielo y el cambio climático.

 ¿Cómo llegan los llamados “químicos eternos” a uno de los lugares más remotos y prístinos del planeta? ¿Qué efectos podrían tener estos contaminantes sobre la fauna marina y los ecosistemas? ¿De qué manera el calentamiento global influye en la liberación de sustancias tóxicas atrapadas en el hielo? 

Estas son algunas de las preguntas que busca responder ICEMELT, un nuevo centro de investigación chileno dedicado al estudio de contaminantes emergentes en la Antártica. 

Los PFAS —conocidos internacionalmente como “químicos eternos”— corresponden a miles de compuestos químicos sintéticos utilizados ampliamente en productos industriales y de consumo por su capacidad para repeler agua, grasa y suciedad. 

Se encuentran en muchísimos productos de consumo de la vida como ropa de montaña e impermeabilizantes. Debido a su gran estabilidad química, estas sustancias no se degradan fácilmente en el ambiente y pueden permanecer durante décadas en el agua, el suelo, el hielo y los organismos vivos. 

Frente a este escenario, ICEMELT busca comprender cómo estas sustancias llegan, se acumulan y circulan en los ecosistemas antárticos, así como también cuáles podrían ser sus efectos sobre organismos marinos y redes alimentarias del océano Austral. El proyecto es encabezado por la Universidad Mayor y financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID) a través del programa Anillos de Investigación en Ciencia Antártica. 

La iniciativa contempla tres líneas principales de investigación: ocurrencia ambiental, ecotoxicología y transferencia trófica, con el objetivo de comprender cómo los PFAS se distribuyen, acumulan y transfieren dentro de las cadenas alimenticias marinas del océano Austral. 

“ICEMELT es una iniciativa pionera porque integra, por primera vez en Chile, distintas disciplinas para estudiar cómo contaminantes emergentes interactúan en ecosistemas antárticos. No solo queremos detectar la presencia de PFAS, sino también comprender cómo circulan, cómo se transfieren en las tramas tróficas y qué efectos podrían tener sobre organismos marinos en uno de los ambientes más sensibles del planeta”, explica el Dr. Cristóbal Galbán, director del proyecto. 

Viajeros invisibles 

La historia de los llamados “químicos eternos” comenzó en 1938, cuando el químico estadounidense Roy J. Plunkett descubrió accidentalmente el politetrafluoroetileno (PTFE), conocido popularmente como “teflón”. Este hallazgo marcó el inicio del desarrollo de los compuestos perfluorados y polifluorados (PFAS), sustancias altamente resistentes al agua, la grasa y las altas temperaturas. 

Durante las décadas de 1950 y 1960, la producción de PFAS se expandió masivamente a nivel global y comenzó a incorporarse en utensilios de cocina, textiles impermeables, envases y espumas contra incendios. Sin embargo, su enorme estabilidad química permitió que estos contaminantes persistieran durante décadas y viajaron grandes distancias a través de la atmósfera y las corrientes oceánicas. 

Aunque se producen principalmente en regiones industrializadas, los PFAS pueden transportarse a largas distancias a través de la atmósfera y los océanos. Como resultado, se han detectado incluso en lugares extremadamente remotos como la Antártica, un territorio históricamente considerado uno de los ecosistemas más prístinos del planeta. 

En 2006 se registraron las primeras detecciones de PFAS en fauna antártica. Investigaciones científicas reportaron la presencia de estos contaminantes en especies del océano Austral, como albatros, elefantes marinos, pingüinos y skúas, demostrando que incluso algunos de los ecosistemas más aislados del planeta no están libres de contaminación química. 

Muchos de estos contaminantes pueden quedar atrapados durante años en nieve y hielo. Sin embargo, el aumento de las temperaturas y el retroceso de glaciares favorecen su liberación y recirculación en sistemas acuáticos, lo que podría incrementar la exposición de organismos marinos a estas sustancias. 

“La presencia de PFAS en la Antártica muestra que la contaminación química es un problema global. Lo que se libera en una parte del mundo puede terminar afectando ecosistemas remotos y frágiles.”, concluye el Dr. Gustavo Chiang, director alterno del proyecto. 

Más información en www.icemelt.cl

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