viernes, 10 de julio de 2026

Socios antes que negocios: el verdadero valor de la coproducción latinoamericana


 OPINIÓN | Por Felipe Egaña, socio de JUNTOS

Hay que partir de una realidad cruda, que en Chile conocemos muy bien: Obtener el apoyo de fondos públicos o capital privado no garantiza el financiamiento total para concretar una película.

En un entorno regional donde la inversión privada en cine es escasa y las fuentes de financiamiento local son limitadas, la coproducción internacional aparece como una necesidad a la hora de armar un plan financiero sólido. Sin embargo, reducir este modelo a una dimensión netamente utilitaria es quedarse en la superficie. 

Normalmente, el interés de coproducir nace de dos incentivos: completar el financiamiento y lograr que la película sea atractiva en otros mercados.

Pero el beneficio mayor y más duradero que hemos descubierto en JUNTOS va más allá de resolver los números de una película en particular: se trata de la construcción de relaciones a largo plazo. 

Producir y distribuir cine independiente en Latinoamérica es un oficio hermoso, pero también sumamente hostil. En medio de esa tormenta, uno empieza a buscar aliados y así es como se generan lazos con empresas amigas en otros países, otras productoras con las que compartimos la forma y el tipo de cine que queremos hacer.

Es un ejercicio que requiere mucha confianza, afinidad y observación. Entregarle un proceso artístico, en el que has trabajado por años, a un equipo en el extranjero para que realice la postproducción de sonido o imagen, por ejemplo, implica soltar el control y confiar en su criterio. Y de vuelta, cuando recibimos la película de alguien más, el desafío está en entender su proceso artístico y de producción para integrarse y ser realmente un aporte. 

Ese intercambio nos ha permitido consolidar alianzas con otras productoras de la región como Whiskey Content (México), coproductores de Oro Amargo e Inmersión; o con Animal de Luz, con quienes acabamos de rodar 7 VECES 7 y ya perfilamos nuevos proyectos; o con Jaque Content (Argentina), a cargo de la postproducción de Plata Fresca; además de proyectos en desarrollo con Ferviente (Colombia). 

Es fácil equivocarse en este mercado porque todos tienen ganas de coproducir, pero los años te enseñan a olfatear mejor: al final del día, uno tiene que perseguir buenos socios antes que buenos negocios. Aprender a elegir también implica saber poner límites.

Hubo una época en el cine latinoamericano donde las coproducciones forzadas desnaturalizaban las películas con tal de cumplir con un fondo europeo (el típico ejemplo de la exploradora española que aparecía hablando perfecto madrileño en medio de la selva). Hoy, afortunadamente, el ecosistema latinoamericano nos permite cuidar la esencia y la solidez discursiva de nuestras historias.

Es cierto que las coproducciones son necesarias para asegurar un estándar de calidad y ciertas aspiraciones artísticas. Pero la lección más grande nos la da el oficio, más que el financiamiento. Hemos crecido enormemente al ver cómo diseña un rodaje un equipo mexicano, cómo mezcla un estudio en Alemania, cómo escribe un guionista colombiano o cómo trabaja una vestuarista uruguaya. Ese cruce de miradas, talentos y culturas es el que madura los proyectos y les permite resonar en más lugares.

Hoy entendemos que no todas las películas se tienen que coproducir; cuando no lo hacemos, es una elección consciente y no una consecuencia de las circunstancias. Pero cuando decidimos cruzar la cordillera, lo hacemos convencidos de que alineamos creencias: el tipo de cine que queremos hacer, el por qué lo hacemos y, sobre todo, el viaje que queremos disfrutar con los compañeros que elegimos para esta ruta.

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