sábado, 19 de mayo de 2018

Carta de Laura Restrepo: Los Divinos, una novela contra el feminicidio



El sello Alfaguara presenta una historia basada en un crimen que conmovió a una sociedad entera.

“Para mí fue absolutamente necesario escribir esta novela; me levantaba a diario a las cuatro de la mañana para trabajar en ello, no me quedaba más remedio. Cómo entender el brutal asesinato de una niña y cómo traducirlo a palabras, cómo interpretarlo a través de la literatura de ­ficción, fueron preguntas que me obsesionaron y que no me dejaban dormir. 

Desde el momento en que se conoció el crimen, supe que era urgente entender qué había sucedido ahí. Se había traspasado un límite: algo se había roto. Se habían violentado todos los márgenes de la ética, habíamos penetrado demasiado hondo en los terrenos de la impunidad y de la muerte. Incluso según los parámetros de un país tan acostumbrado al asesinato como es Colombia, había algo inédito en este crimen que nos hablaba de un paso más en el proceso de deshumanización.

El enigma no era sólo el crimen en sí; también lo era la reacción colectiva de un país que quedó estremecido hasta los cimientos, rompió su tradicional resignación, o apatía, y salió a decir: «Esto es demasiado».
Entre los miles de muertos que Colombia registra cada año con una relativa indiferencia, o al menos dentro de un espectro muy corto de la memoria, de pronto éste trascendía, resonaba como una brutal señal de alarma.

Una combinación de factores tenía que ver con ello: por un lado, la absoluta indefensión e inocencia de la víctima, o para ponerlo en términos de tinte casi religioso, su definitiva pureza. Y en contraposición a ese primer factor, la absoluta potencia de un victimario más fuerte en todo sentido, y la gratuidad y previsible impunidad de su acción.

¿Por qué ese muchacho, que todo lo tenía, torturaba hasta la muerte a una criatura despojada de todo? Por darse gusto. Por placer. Porque sí. Porque en el fondo consideraba que no estaba matando a nadie: para él la niña no era nadie, no contaba, su muerte no significaba nada. El abismo social, de edad y de género entre víctima y victimario sentaba las bases para la infinita desproporción.

En ningún momento se me ocurrió volver al recuento periodístico de los hechos reales, ni recurrir a la investigación de los mismos. Todo eso ya había sido hecho a ultranza. Mi herramienta tendría que ser la fi­cción: partiría de un crimen real, el de la niña, para remontarme, a través de personajes imaginarios, ya no al qué ni al quién, sino al por qué.

Tampoco quise buscar un formato de novela negra, porque los lectores ya sabían de sobra y de antemano quién había sido el asesino. Busqué en cambio montar un escenario hipotético que permitiera escudriñar en los posibles motivos. ¿Qué caminos conducían a cometer semejante atrocidad? Pensé que la ­ficción permitiría penetrar más allá del crimen en sí, para llevarnos hasta los recovecos más oscuros de toda una cultura.

A través de los Tutti Frutti, los cuatro amigos íntimos del asesino en la novela, vas viendo ciertas formas de desprecio hacia las mujeres, formas sin duda perversas, pero de alguna manera cotidiana, familiar y socialmente tolerada: la cosificación, la utilización, la idealización, la prostitución, la violencia, el engaño.
Y de pronto aparece allí una forma de relación con las mujeres radicalmente insoportable: el ensañamiento contra una víctima absoluta, la más indefensa, la más inocente.

Un buena parte de las novelas negras que pululan en las librerías tratan de crímenes y torturas contra jóvenes prostitutas. Hasta ahí soporta el gran público la lectura, aún como pasatiempo de vacaciones, quizá porque inconscientemente se descarga la culpabilidad en la propia víctima; el tan socorrido “algo habrá hecho”, o “por algo sería”, que ampara una cruel forma de justificación.

La niña, por fin, sacude la conciencia y quiebra la indiferencia. ¿Pero al mismo tiempo no es acaso apenas el pico en una cadena de maltratos a los que diariamente son sometidas muchas mujeres? ¿En el fondo no es el mismo maltrato y desprecio, pero llevado al extremo del extremo?

Este crimen conlleva una dosis de maldad absoluta, intolerable. Un poco menos que eso, y la distorsión y la costumbre hacen que nos quedemos en la zona de confort de una maldad asumida como criticable, pero en últimas llevadera. Esta novela busca hacer volar por los aires esa inicua zona de confort. Todo desprecio y maltrato frente a las mujeres y las niñas, es siempre intolerable”.

Laura Restrepo nació en Bogotá en 1950. Se graduó en Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes y posteriormente hizo un postgrado en Ciencias Políticas. Fue profesora de Literatura en la Universidad Nacional y del Rosario. Se dedicó a la política y al periodismo.

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